La espada invencible

Los Tuatha Dé Danann: ¿dioses, reyes o elfos?

En la mitología irlandesa, los Tuatha Dé Danann fueron el quinto grupo de población que llegó a la isla. Según la leyenda, procedían de «cuatro ciudades del norte»: Falias, Gorias, Finias y Murias, y llevaron consigo ciencias y artes más avanzadas que las de los habitantes de aquel momento, los Fir Bolg. También llevaron consigo cuatro tesoros de carácter mágico.

En este artículo no pretendo entrar a fondo en un tema que es complejísimo y del que hay divulgadores en redes mucho más especializados, sino ampliar un poco a grandes rasgos la información que aparece en mi libro La espada invencible.

La llegada de los Tuatha Dé Danann

La fuente principal que nos habla de este pueblo es el Libro de las Invasiones (Lebor Gabála Érenn), que data del siglo XI. Hay que tener en cuenta que no es una recopilación inocente de la cultura y la historia de tradición oral, sino una obra de legitimación política y religiosa. ¿Qué quiere decir? Que adaptaron mucho a lo que les convenía.

Dicho esto, según el mito, los Tuatha Dé Danann llegaron en nubes negras a las costas irlandesas. Llámale “nubes negras”, llámale que quemaron los barcos al llegar como diciendo “aquí estamos y de aquí ya no nos vamos”. Procedían de un norte impreciso, que es más un concepto de “un sitio lejano y donde tienen más conocimiento” que el norte geográfico real.

Los cuatro tesoros

Esto es lo que nos interesa para La espada invencible, ya que juego con esa idea de la ciencia desconocida. Los tesoros que los Tuatha Dé Danann trajeron consigo eran:

  • La Piedra de Fal (Lia Fáil): Un monolito que se decía que gritaba ante el legítimo rey de Irlanda. ¿Cómo “grita”? No lo sé, pero en mi cabeza es una estampa muy divertida. En la realidad era un elemento de legitimación del poder, como más adelante la espada que extrajo el rey Arturo de la piedra (ya hablaremos de ello).
  • La Espada de Nuada: Nadie podía escapar de ella una vez estaba desenvainada. La interpretación más literal, por lo tanto, es que era invencible. Aunque la explicación de historiadora aburrida es que probablemente estuviera más relacionada con su autoridad y legitimidad como rey. Más adelante se mezcló con otras espadas legendarias, pero de eso hablaré en otro artículo.
  • La Lanza de Lugh: Era una lanza con un enorme potencial de destrucción, pero que podía tener voluntad propia. Por eso había que tenerla controlada cuando no se estaba luchando y contener su poder manteniendo su punta sumergida en un caldero de con sangre de amapolas. Cuando se extraía se calentaba, e incluso podía prenderse fuego y arrasar lo que tuviera alrededor.
  • El Caldero de Dagda: Era algo similar a la cornucopia de la mitología griega. Producía comida y bebida en abundancia y parecía no tener fin. Según la tradición, “nadie salía de él sin estar satisfecho”.

El rey Nuada Airgetlám (Mano de Plata)

Cuando este pueblo llegó a Irlanda no se apropió de inmediato del territorio. Primero negociaron con los habitantes autóctonos, los Fir Bolg. Pero la cosa no salió bien y desembocó en la Primera Batalla de Mag Tuired.

En ella, Nuada se enfrentó a Sreng, un guerrero de los Fir Bolg. Este le cercenó el brazo derecho y, oh, drama, un tullido ya no podía seguir siendo rey. Pero sus ciencias no se limitaban a armamento o piedras que gritan. Entre ellos había un médico, Dian Cecht, que creó para él un brazo de plata que se decía que tenía la misma flexibilidad y destreza que una humana. Le injertó la prótesis en el muñón y… Voilà! ¡Listo para ser rey otra vez!

¿Pero qué eran? ¿Dioses? ¿Reyes? ¿Seres sobrenaturales? Pregunta complicada y para la que no hay respuesta clara. Varía según la fuente. Pueden ser dioses, reyes con conocimientos avanzados o incluso lo que hoy conocemos como elfos de los guapos del estilo “El Señor de los Anillos”. Seres feéricos que habitaban en otro mundo, pero interactuaban con los humanos. A mayor grado de “cristianización” del texto, más “humanizados” para quitar importancia a las figuras de las religiones paganas anteriores.

Lo que dice la ciencia de los antiguos pobladores de Irlanda y Gran Bretaña

El Libro de las invasiones nos dice que los pueblos anteriores a los Tuatha Dé Danann fueron, en este orden, los Cesair, los Partholón, los Nemed y los Fir Bolg. Es difícil asociarlos a unas fechas concretas a partir de un texto literario interesado. Los autores del libro, para legitimar el cristianismo en Irlanda, asocian a los primeros habitantes con Cesair, la nieta de Noé, y el grupo de supervivientes del Gran Diluvio que llegó con ella. El problema es que no dice nada de los que habían antes: los que construyeron los túmulos y megalitos.

Pero donde la literatura calla, la arqueología habla. ¿Qué sabemos gracias al ADN de los restos que se han encontrado asociados a los constructores de los megalitos? Pues que eran más mediterráneos que echarse la siesta. Procedían de Anatolia, así que no sorprende tanto que llevaran sus avances no solo en agricultura, sino también en arquitectura.

Recordemos lo que está saliendo a la luz en los distintos tepes anatolios: estructuras monumentales de piedra levantadas en pleno neolítico, sin herramientas de metal, hace 11.000/12.000 años. Los megalitos atlánticos tienen “solo” 5.500. Es perfectamente viable que las distintas olas migratorias llevaran ese conocimiento a la otra punta del continente en una brecha de tiempo tan amplia. Y si encima la arqueología nos dice que eran anatolios más bien bajitos, morenos, de ojos oscuros y piel aceitunada mediterránea, no tiene nada que ver con el imaginario popular de gigantes rubios o pelirrojos pálidos.

Antes de que digáis “¿Entonces, de dónde salen los rubios y pelirrojos de piel blanca que aun se asocian hoy a los habitantes de las Islas Británicas? ¿Y me estás diciendo que la literatura medieval consideraba seres feéricos a gente que podía ser perfectamente Manolo, el que me limpia la caldera?” No corráis, que la migración nunca se ha detenido. Lo de que unas poblaciones se van mezclando con otras o las sustituyen no es ni nuevo ni raro. Y sí, guiño, guiño a los que temen tanto hoy en día que los inmigrantes nos reemplacen como raza, como si fuera algo sin precedentes o, yendo aun más lejos, como si fuera algo tan importante.

Todos estos pueblos que pasaron por Irlanda fueron sucesivas olas migratorias. Eso no significa necesariamente que una población llegue y extermine a la otra de forma violenta. Llegan unos grupos, se asientan, se mezclan, llegan más y todo acaba siendo un cóctel genético, que es algo muy saludable para evitar los problemas de la endogamia.

Para cuando llegaron los Tuatha Dé Danann, el quinto pueblo, estaríamos hablando ya de la Edad del Bronce. Todavía en la prehistoria, pero ya en la edad de los metales. Eso sería hace unos 4.000 años, por lo que los grandes megalitos llevaban ya un milenio en pie.

La sustitución de la población

Parece que en ese caso concreto sí se produjo una sustitución de un grupo de población por otro. En cuestión de pocos siglos, los nuevos habitantes dominaron genéticamente el territorio. Se trataba de una cultura que se extendió por toda Europa con mucha fuerza y que en arqueología se suele conocer como la “Cultura del Vaso Campaniforme”.

Estos provenían de las estepas al norte del Mar Negro y el Caspio, de la cultura indoeuropea Yamnaya. Los que hoy seguimos asociando con nórdicos: altos, robustos, piel pálida, ojos azules, pelo claro, mayor tolerancia a la lactosa… El tipo de gente que llamamos “de raza caucásica”.

Ya sé lo que estaréis pensando: los futuros nazis. Pero más bien son los que, muchos siglos después, los nazis usaron para dar forma a la idea de raza superior. Un pobre señor Yamnaya, por muy adelantada que fuera su tecnología pastoril respecto a la de sus vecinos, su única superioridad física era poder beber leche de adulto.

Parece una tontería, pero precisamente fue una de las ventajas para imponerse. Las investigaciones arqueológicas hablan de que, si bien hubo episodios de violencia, no se desató una guerra entre la población local y la recién llegada. Pero la local ya estaba en crisis, así que lo que hubo fue una “ventaja competitiva”. Los locales no toleraban la leche, y los nuevos sí. Si hay hambruna, pueden tirar de lácteos. También tenían redes comerciales y culturales más extensas, por lo que podían adaptar más y mejores innovaciones tecnológicas. Así que los locales fueron languideciendo hasta desaparecer y los nuevos ocuparon ese espacio. Aunque hay un matiz: el ADN mitocondrial, que es el de la mujer, sobrevivió al del hombre. No fue una desaparición total. Así que, expresado como si fuera una advertencia alimentaria: las siguientes generaciones pueden contener trazas de genes anatolios.

En tiempos posteriores, si los primeros cristianos miraban atrás, tenían los mitos paganos de la llegada de esta gente más avanzada por un lado y grandes monumentos de piedra que no sabían cómo explicar por otro, así que se fue todo al mismo saco. Quedó en el folklore popular que esos seres rubios, altos, guapos y capaces de digerir leche se retiraron a su mundo mágico a través de los túmulos que ellos mismo habrían construido y que eran puntos de unión con el Inframundo, el mundo de las hadas o lo que se les ocurriera en cada momento. Y así se da carpetazo al asunto.

Menos mal que la arqueología nos ayuda a desenredar un poquito esa madeja de información e intentar poner un poco de orden.

Nacida y criada en Castelldefels y afincada en Vigo. Divulgo sobre mitología e historia y escribo aventuras. Sigo aprendiendo, estudiando y escribiendo mientras hago malabares con la maternidad y ser una señora rural.

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